Eso creí hoy, cuando entre en el bar. La mesa pequeña, de dos plazas, en la que suelo tomar el “carajillo” mientras escribo unas palabras para subir al blog, fue invadida por seis mujeres que medio asaltan otras cercanas, al robarle sus sillas. En la hilera próxima a las ventanas no hay sitio y, obligado, me siento en la otra punta del local; en la fila vacía, frente al lugar de siempre. Desde allí, la perspectiva da un vuelco, ni las imágenes diarias resultan familiares; luces y sombras parecen encaprichadas en convertir lo viejo en nuevo. Pero todo es apariencia.
A mi izquierda, cuatro ancianas charlan a gritos; enfrente, otras tres mujeres de mediana edad, conversan bajito, o eso intuyo por los gestos y porque se acercan para oírse. En la mesa contigua, más a la derecha, dos jóvenes escoltan a una chica tres o cuatro años mayor que ellos; parecen adorarla y ella, halagada, reparte sonrisas. Después de estos, el grupo del que hablé; ruidosas a veces y otras entre susurros. Varían y modulan sus palabras como sus edades, sonríen y muestran gravedad en los gestos, con la rapidez que gesticulan sus manos.
Un barullo de voces y ruidos, indescifrable, entre los que se cuela el mismo programa de los tres o cuatro televisores que cuelgan de las esquinas, situados a propósito, para que nadie se escape de su canibalismo mental.
A mi espalda, en la barra, situados de modo estratégico, un banco sí y otro no (puedo afirmarlo sin necesidad de mirar); los hombres, más descuidados de presencia que las mujeres, leen el periódico deportivo, acarician sus consumiciones, cerveza en la mayoría de los casos; o se van con la vista detrás del culo de la camarera. Una melena y una sonrisa de cine; muy guapa de cara, pero de andares y formas hombrunas. A pesar de unos pechos bien parados, las caderas y la cintura no son femeninas; da igual, los ojos del deseo ven mucho más allá.
Con el “carajillo” a medias y el relato sin decidir, una pareja joven, con un niño pequeño, dos o tres años, ocupa la mesa pegada a la mía. Apago el pitillo y cierro la libreta.
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