Supongo que ya os habréis dado cuenta de que me gusta mucho más jugar con los pensamientos e ideas, que con los sentimientos; éstos me duelen más; por eso cuando me encuentro con aciertos tan oportunos como éste, no puedo evitar unas tremendas carcajadas. Carcajadas estruendosas ante un café con leche y una barra repleta de clientes silenciosos, que me miran entre sorprendidos e incrédulos. No les critico si dudan de mi cordura, en casos así, yo también lo hago. Pero, la verdad, son geniales; o ¿no?
diciembre 16, 2008
Pinto Et Chinto
Supongo que ya os habréis dado cuenta de que me gusta mucho más jugar con los pensamientos e ideas, que con los sentimientos; éstos me duelen más; por eso cuando me encuentro con aciertos tan oportunos como éste, no puedo evitar unas tremendas carcajadas. Carcajadas estruendosas ante un café con leche y una barra repleta de clientes silenciosos, que me miran entre sorprendidos e incrédulos. No les critico si dudan de mi cordura, en casos así, yo también lo hago. Pero, la verdad, son geniales; o ¿no?
diciembre 13, 2008
Vicente, un lobo muy decente
Soy Vicente, el lobo con el que se asusta la gente. Aaaauuuuuuuuu, aaauuuuuuu, soy un lobo muuuy maaaalo. Mentira, es mentira. Yo no me he comido a la abuela de Caperucita. Era una anciana, enferma y encamada, que dejaron sola al otro lado del bosque; un menú nada apetecible. Tampoco me he comido a Caperucita, a pesar de lo rica y tierna que estaba. Porque ¿a qué niña permiten cruzar el bosque sin ir acompañada? Que yo sepa, a ninguna. Además, muy pocas niñas son tan inocentes como para quedarse a charlar amistosamente con el lobo. Si fuese así, me pondría morado. La fanfarronada del leñador no la superan los cazadores ni los pescadores, por exagerados que parezcan. Anda que, atreverse a decir que sacó a la abuela y la nieta de mi barriga, después de habérmelas zampado, y encima, vivas y con ganas de contarlo. Mentira, una colosal mentira.
Ese soy yo, Vicente, el lobo con el que se asusta al inocente. Aaaaauuuuuuuu, aaauuuuuuuuuuu... ¡Qué mieeeeeedo! Mentira, mentira podrida. Y si no, vean: que los cerditos son vagos y no quieren trabajar, ¿para qué está el lobo Vicente? Mi capacidad pulmonar no tiene límites; a su lado, el huracán es una simple brisa. Levanto las casas como si fuesen plumas. Aunque, por desgracia, debo de ser bastante patoso, porque no ser capaz de correr más que un cerdito... ¿Dije uno?, perdón, eran tres: dos vagos y uno que trabajaba. De verdad, soy la vergüenza de todos los lobos. Lo de saltar por la chimenea, eso ni los cerditos lo sueñan, por muy asustados que estén. Mentira, cochina mentira.
Sí señor, soy Vicente, ese lobo feo y maloliente. Aaaaauuuuuuuu, aaauuuuuuuuuuu... ¡Qué asco de lobo dios mío! Mentira, sucia mentira. En cuanto a lo de los cabritillos, eran siete ¿no?; y su mamá cabra, ¡huummm! menudo banquete. Qué pena que no fuese cierto ¿verdad? Pero ¿quién se imagina que los cabritillos van a estar viviendo a todo lujo?, ¿y que su mamá cabra salga de compras como una típica ama de casa? Yo no, desde luego. Bastante me costó mirar en el establo y en los pastos que hay cerca del monte. ¡Cuánto miedo pasé! Menos mal que los perros son primos, porque de amigos no tienen ni el nombre. Total, para nada; estos cabritillos viven a cuerpo de rey. Tanto que ya me parece que pasan de cabritos. Mentira, todo mentira.
Pobre Vicente, el lobo que ya no da miedo ni enseñando los dientes. Aaaauuuuuuuu, aaaaauuuuuu... —¿Tienes sueño, Vicente? —me pregunta la luna—. No, no. No tengo sueño. ¡Uuuuuyyyy, cuánta gente haaay! Y la verdad, había más personas que ovejas. ¡Ay! Pedrín, Pedrín... Bromista el niño, ¡eh! Las veces que engañó a todo el pueblo con sus gritos de socorro: ¡que viene el lobo!, ¡que viene el lobo! Mentira, vil mentira. Sin duda, es al niño a quien había que comer ¿o no? El jovencito se pasó lo suyo, pero quién se atreve a acercarse a él con semejante batida a su alrededor. La gente yendo y viniendo, monte arriba y monte abajo y, supongo, que un enfado padre. Yo, ni de broma. Mentiras, no son más que mentiras.
Ya ven, ese soy yo: Vicente, el lobo al que no ha parado de darle palos la gente. Aaaaaayyyyyyyy, aaaaayyyyyyyyy, que ya no como ni frío ni caliente.
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diciembre 11, 2008
Aniceto
Aniceto era un hombre sin estrella. Un sirviente sin amo. Iba de pueblo en pueblo, de hacienda en hacienda y de señor en señor; intercambiando agotadoras jornadas de trabajo por un no siempre equitativo sustento diario.
En una ocasión, después de una faena de sol a sol, sin haber visto en todo ese tiempo nada que oliese a vianda, expresó su lastimoso clamor. Se quejó, en voz alta, de la conversación silenciosa que había mantenido con su estómago.
Al oír semejante atrevimiento, el señor de la hacienda, que le había permitido trabajar, se sintió dolido y avergonzado. Por lo que, ante tan descarada e injuriosa ofensa, dijo, en un tono todavía más alto:
–Nunca, en ésta, mi casa; delante de tan distinguido e ilustre hidalgo, hubo caballero ni lacayo acosado por el hambre. ¿Cómo le ha ocurrido a usted, si sólo es un sirviente? Sobre todo, después de haber completado una buena jornada. ¿Por qué un día tan desgraciado? Eso no puede ser. Imposible. No, nunca. Nunca, nunca.
–Si no se trata de hambre, hambre... –intentó desdecirse Aniceto, bastante atemorizado‑, con un trozo de pan y un vaso de agua...
–¡Caridad! –Gritó a su esposa, el hacendado; herido por la deshonra. Mientras, entraba al galope en la casa.
–¿Qué ocurre Generoso? ¿A qué vienen esos gritos, esposo mío? –Preguntó la mujer al salir a su encuentro.
–Avisa a las criadas, a todas, si hace falta. En esta casa hay un sirviente con hambre. Diles que preparen una gran cena. La mejor. Digna del paladar de un rey.
Al sorprendido Aniceto no le cabía la lengua en la boca, le resbalaba con tanta saliva.
–Las comidas que aquí servimos, muchas majestades las tuviesen en sus palacios. ¿Dónde quieres que ponga la mesa? –Convino la mujer.
El señor, hombre que no gustaba compartir yantar con los criados, le indicó a su esposa que la sirviese en el alpendre. Donde dormían el perro y el gato.
Allí se aposentaron Aniceto y su hambre, sentados delante de una mesa, más repleta de elogios que de viandas. Mal andaban las majestades que en sus cenas disponían de un solo plato. Aunque para un hambriento; un chorizo, dos arenques, una libra de tocino rancio, una hogaza de pan moreno y una jarra de agua, supusiese mucho más que una comida de reyes: Era un manjar divino.
–¡Cuánta generosidad señor! ¡Qué feliz siervo si, para siempre, tuviese yo un amo semejante! –Con los ojos atados al plato, se relamía en halagos el deslumbrado sirviente.
–¡Un momento! –Espetó el abnegado hidalgo. –Antes de que comiences a comer, para que veas hasta dónde alcanza la hospitalidad de la familia de Generoso Buenaventura, te voy a proponer un trato.
–¿Sí? Usted dirá mi señor. –Contestó Aniceto mostrando curiosidad e impaciencia.
–¿Ves aquel saco? –Mostró, señalando a lo alto de una tarima, el dueño de la hacienda‑ Es una fanega de trigo. Si la deseas es tuya, incluido el préstamo del terreno correspondiente; para obtener de ella una cosecha. Pongo a tu disposición mis tierras, te dejo elegir la fanegada que creas más productiva. Todo eso, a cambio de esta cena que tienes delante.
–¿Cambiar el saco de trigo por la cena?
–Eso es. Necesito saber cuál es el motivo de tus quejas. Si de verdad son de hambre, no dudarás en cenar como haría un rey. De lo contrario, tal vez, prefieras sembrar el trigo en la mejor de mis posesiones y obtener, sin duda, una superior cosecha.
Aniceto empezó a divagar, iba del plato al saco, del saco al plato y de nuevo, vuelta al trigo, a la fanega. Ya se imaginaba la tierra dónde podría cultivarla.
–Piénselo, no tenga prisa. Yo también voy a cenar. Cuando termine vendré a preguntarle cuál ha sido la decisión que ha tomado. Si todavía no empezó a comer, entenderé que desea la fanega de trigo, y sino; buen provecho. En persona le presentaré las más sentidas disculpas. Aceptaré públicamente la deshonrosa falta que habrá caído sobre mi casa.
–Buen provecho. –Contestó el sirviente, aturdido por completo.
Aún no había terminado de cruzar la puerta del edificio principal, aquel sorprendente hidalgo, y ya le daba vueltas a los números el pobre Aniceto.
Se levantó y fue a comprobar el contenido del saco. Estaba lleno de trigo. No lo habían engañado. Y sin apartar la vista de él, se dejó llevar por los cálculos. De recoger una buena cosecha, podría vender la mitad y comprar una pareja de bueyes o de caballos, para, a su vez, cambiarla por un buen terreno en el que sembrar la otra mitad del trigo...
Comprando y vendiendo se había olvidado por completo de la real cena. Ya estaba adquiriendo aquella hacienda, cuando vio salir a Generoso por la puerta.
En ese justo momento, retornó a la mesa y miró de nuevo el plato. Al verlo abrió los ojos más allá del espanto. Estaba tan vacío como la jarra de agua, que descansaba sobre el mantel, acostada. El agua goteaba de la mesa al suelo, donde las migas de pan aparecían sembradas sin ton ni son. No comprendía nada. No. Absolutamente nada. Su mirar, confundido, se perdió en uno de los rincones, donde el perro y el gato se relamían. Curiosamente, bien avenidos, igual que si fuesen los colegas de una juerga.
–Buen hombre –dijo el hacendado con gesto sentido–, le pido mis más sinceras disculpas. Era verdad que tenía usted hambre. No ha dejado ni las sobras. Dígame cuándo y dónde quiere que exprese, públicamente, la desgracia que ha caído sobre esta infeliz familia.
–Yo no..., no fui..., no cené...
–¿Cómo que no cenó? Me quiere hacer creer que una persona, muerta de hambre, pasó sin comer, viendo con mis propios ojos el plato vacío. No le creía capaz de vileza tal.
–Pero..., yo...., no...
–¿Qué pretende? ¿Cenar y tomar posesión del trigo? ¿Las dos cosas? ¿O causar aún más desagravio? No tendrá el valor de inculpar al perro o al gato. ¿Le parece poco dejar morir de hambre a los sirvientes? ¿También me quiere acusar de no dar de comer a mis animales? Por favor, le ruego que abandone la hacienda, que con tan buenas intenciones lo recogió. Si no quiere que lo echen a palos. A quién se le cuente... ¡Qué un hambriento, se haya dejado comer su cena por un perro o por un gato! El animal es usted. Un verdadero miserable. Mira que tratar de engañarme a mí, a Generoso Buenaventura... –Cada vez gritaba más, mostrando, con visibles aspavientos, su enfado– ¿Qué sirviente? No es usted un plebeyo, sino un truhán con la vil intención de darme gato por liebre.
Aniceto se levantó y, cabizbajo, empezó a caminar hacia la salida.
–Lo..., lo sien..to, le...le prometo que a mi estómago... no llegó..., ni tan siquiera..., una miserable escama. ‑Decía, mientras iniciaba la partida.
–¡Fuera bellaco! ¡No se te ocurra volver! –Amenazaba a gritos aquel insigne hidalgo– Si algún día te veo a menos de tres pueblos de mi hacienda, ordeno que te apaleen. ¡Por mi honor, lo juro!



