diciembre 10, 2008

Eulalio (Lalo)



Levantó la cabeza, miró a lo alto y mandó una extraña carcajada al infinito. Inmerso en una serie de movimientos inciertos e inseguros, tembloroso y agitado, llevó una mano a la cabeza y se dio unos tirones al estropajo. Con la otra, después de un generalizado repaso, terminó rascándose sus partes desde el bolsillo. Se palmeó la camisa de franela y el pantalón de pana amarilla, dándose golpes como si los remiendos fuesen moscas. Acabó perdiéndose entre una polvareda.

Apareció unos metros más adelante girando sobre sí mismo en circunferencias irregulares. Se paró y, mirando las zapatillas desatadas, una de ellas sin cordones, mantuvo unos instantes de quietud. Levantó de nuevo la cabeza, buscó en el vacío y envió otra espasmódica carcajada al encuentro de la anterior. Después, comenzó con una serie de paseos de un lado para otro, de recorridos cortos y cambios de sentido imprevistos, sin un rumbo determinado.

Finalmente, se agachó para recoger una rama seca de pino. La partió en varios trozos y se quedó con uno del tamaño de una batuta. Se acercó a la entrada de la cueva, dónde estaba al principio, volteando el palo igual que un malabarista.

Había sufrido una transformación, del estado de inquietud y agitación, pasó a uno de calma y coherencia. Los movimientos inseguros e impulsivos eran ahora serenos y precisos, emanaba una seguridad impensable segundos antes. Incluso, su destartalada y mugrienta presencia, acorde con la conducta anterior, parecía ahora un accidente.

Se sentó en el suelo, de espaldas a la cueva. Limpió el hueco que le quedaba entre sus piernas estiradas y, ayudándose del palo, dibujó la silueta de una paloma. Avanzó arrastrándose sobre el trasero de su pantalón y dibujó otra exactamente igual. Mostrando una extraordinaria habilidad, repitió el acto en varias ocasiones. Ensimismado, se había escondido entre la tranquilidad y el silencio; sólo el ruido que producía el palo al rozar con el suelo parecía resistirse.

Cuatro o cinco metros más adelante, se puso de pie y observó unos instantes el dibujo. Al darse la vuelta y, ante la evidencia, arrojó el palo lo más alto que pudo, pataleó, braceó sin ton ni son, todo entre unos ires y venires sin sentido. Parecía encontrarse otra vez en una especie de histeria silenciosa. En esta ocasión, ni siquiera la acompañaba con las estertóreas carcajadas.

Al andar de un lado para otro, encontró el palo que había tirado. Lo recogió y se apaciguó instantáneamente. Nada indicaba su agitación, salvo unas gotas de sudor, que bajaban por su rostro arrastrándole el polvo a su paso. Regresó junto al dibujo que se había salvado antes y se sentó a su lado, esta vez de frente a la cueva. Lo borró con la mano y dibujó otra paloma idéntica a las anteriores. En esta ocasión en sentido contrario. Avanzó arrastrándose, dibujando hasta la entrada de la cueva. Allí se levantó y contempló una escena que ya le era familiar: los dibujos borrados por las huellas que dejaba su trasero al arrastrase.

Empleó todas sus fuerzas para arrojar el palo a lo más alto y se sentó en la piedra que tenía al lado de la entrada de su hogar. Esta vez no había perdido el control, miraba tranquilo y con atención la silueta de la última paloma.

El sol, asustado, se escondió detrás de las montañas. Eulalio, o Lalo, como le conocen, se quedó solo. Allí, delante de la cueva, de su hogar, inmóvil; mirando como aquella paloma era incapaz de detener el silencio. Éste avanzaba irremisiblemente, la noche venía detrás ayudándole. Sólo unos mirlos le hacían frente con sus cantos, un poco más abajo, en la ladera del monte, mientras buscaban una cama donde dormir. Lalo permaneció quieto como la paloma, observándola hasta que la oscuridad los rodeó. Después, entró en la cueva y se acostó sobre unos trapos, tirados en un recodo a modo de catre. Al poco tiempo, desde la negrura, desató un ataque de ronquidos inocentes hasta casi matar el silencio, que se acercaba distraído como siempre.

Al día siguiente, despertaría temprano, como tantas veces. Saldría de la cueva para dar una serie de vueltas sobre sí mismo. Ritual que venía repitiendo a cada nuevo amanecer. El azar decidiría la cantidad de giros y el momento de parar. Aquella excéntrica ruleta iniciaría el comienzo de la jornada. La posición final, era la elegida para iniciar una marcha, que discurriría en línea recta por toda la extensión del monte. No se desviaría de ella, a no ser que se lo impidiese un obstáculo insalvable. Una barrera física, con todo el sentido literal que la palabra pueda tener, infranqueable en cualquier condición humana. Hasta los cauces de los ríos, cuando se interponían en su camino, los atravesaba a nado para no salirse de la línea recta. Dato éste, realmente curioso, porque coincidía con los únicos momentos que dedicaba a su higiene personal. Situación que no mejoraba gran cosa su imagen. Los ríos con caudal suficiente escaseaban, tal sólo abundaban los regatos, que le servían para mojar los pies y continuar caminando al ritmo de “chof-chof “ hasta que se secaban.

El viaje terminaba, justo en el preciso momento, que las necesidades naturales le obligaban a bajarse los pantalones. Esa era la causa de su recorrido, de su caminar en línea recta. No se trataba más que de una espera premeditada, para darle tiempo a que el cuerpo completase su ciclo biológico. Una modo de azar intencionado con el que decidir el lugar para la cagada diaria.

Después dibujaría en papel o en el suelo, con lápices de colores o palos; dibujos de un inmenso talento. Arte que sorprendería, por su pureza y bien hacer, a conocidos y desconocidos. Conocerlo y ver sus obras era estremecerse de frío. Quién sabe si por la calidad de los dibujos o por su silencio. A pesar de que se llamaba Eulalio, nunca se le oyó una sola palabra.

Se podría decir que vivía de la caridad ajena, si no fuese que, por cada hogaza de pan que le daban, él los recompensaba con un dibujo. Es más, cuando disponía de papel, iba por las puertas con sus grabados terminados y los entregaba como si fuese el cartero. No importaba en que casa llamase, de allí, saldría comiendo. No aceptaba dinero, sólo comida, y de vez en cuando, sólo de vez en cuando; no siempre, papel y lápices.

Apareció en el pueblo de bebé, abandonado, y lo criaron entre todos, como al cerdo de San Antonio hasta los diez o doce años. Después huyó al monte y, a partir de ese momento vivió la vida a su manera. Sin decir una sola palabra. Tan sólo se sabía cuando acudía a votar porque, al final, en el recuento de las votaciones, un nulo destacaba por encima de todos los demás. En vez de una papeleta, había un dibujo, casi siempre de una paloma.


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diciembre 09, 2008

Andrómina

La reflexión sobre "´Todos mentimos" de Ave mundi luminar, que aconsejo lean: http://mejordeloqueparece.blogspot.com/, me recordó un relato que escribí hace mucho tiempo.

Sirva como admiración al buen trabajo de Ave mundi luminar.

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Dña. Quimera Figurado De Lirio, famosa por su tentador cuerpo inexistente, procedía de las aparentes dinastías de los Figurado y de los De Lirio, paterna y materna respectivamente. Se crió en un mundo irreal, desarrollando una figura que era una ilusión y un atractivo que parecía un sueño. Era tanta la belleza de aquel ser etéreo, y tan prometedora, que D. Propio Hacedero Verismo, extranjero en aquel mundo, quedó irremediablemente prendado. Tampoco Dña. Quimera pudo resistirse al prometedor realismo de tan extraño y atrevido forastero.

Ante estas circunstancias: el amor crece hasta quedar ciego, y creció; la atracción atrae hasta fundir la dualidad en unidad, y atrajo; el deseo se convierte en irrefrenable, y se convirtió. La suma de estas fuerzas sólo encuentra un lugar donde detenerse, y no es otro que el altar, pese a quien pese. Y pesaba, tanto que ni la familia de D. Propio ni la de Dña. Quimera aceptaban bajo ningún concepto semejante casamiento. Pero el conflicto superó el ámbito familiar e involucró a los dos mundos por igual.

La terquedad de los enamorados era tan ilimitada como la existencia y la no existencia juntas. Por ello la diplomacia no encontraba solución a un nimio conflicto familiar. Los servicios de inteligencia se acusaban mutuamente: unos , que la irrealidad y la locura habían permitido un idilio imposible ante la incapacidad de controlar el infinito; otros, que la realidad y la inflexibilidad intentaba encerrar en su espacio limitado un mundo que no le pertenecía.

Los propios diplomáticos discutían, ya todos contra todos, sin encontrar la explicación o solución que apaciguase los dos mundos. Los que pretendían representar a D. Propio culpaban a los otros de practicar el intrusismo en sectores ajenos. Decían que al ser introducidos factores inestables como la imprevisibilidad, la locura, etc. en situaciones precisas, caso del amor, el deseo, etc. fragmentaba los límites reales y anulaba toda posibilidad de control. La insignificancia de un embrollo familiar, conflicto en el que se habían involucrado, nunca podría llegar a semejantes extremismos si el otro mundo, no intentara sumergirlos en la confusión y en la incapacidad de autoidentificación.

Por otro lado, los que asumían la representación de Dña. Quimera, estaban convencidos de que D. Propio, y los suyos, intentaban utilizar un mundo que, a la vez que lo negaban, pretendían dominarlo. Al mundo del novio lo acusaban de rechazar lo incomprensible, cuando era su propia realidad la que se imponía como una existencia innegable; igual de evidente que su incapacidad de comprenderse.

Nada impide que en un mundo irreal como el de Dña. Quimera se incluyan o excluyan: D. Propio, los suyos, su mundo y todos los que sean, o no, necesarios. La generosa infinitud de lo irreal, de lo inexistente, no es sino, un campo ilimitado donde germina la semilla de lo existencial. Y ambos mundos pueden ser uno en un espacio desconocido, pero los límites de la realidad nunca se podrán entender, ni comprender, más allá de su propia existencia. Por eso ellos, el mundo irreal; no tolera unos límites que a la realidad le son insuficientes, pero que le resultan imprescindibles para saberse como tal. Tampoco acepta sus pretensiones de medir lo ilimitado; ni que su autoafirmación dependa del dominio de conceptos incontrolables como pueden ser el amor, el deseo, e incluso la felicidad, etc.

Ambos mundos eran incapaces de entenderse y el conflicto que habían provocado Dña. Quimera y D. Propio no disminuía, es más, amenazaba con fundirlos entre sí, donde la realidad y la irrealidad fuesen las dos con la misma intensidad. Cada cual necesitaba de su propia identidad, bien por la necesidad que uno de ellos tenía de si mismo y de comprenderse, o para que el otro, pudiendo o no entenderse, no se necesitase para ello.

Dichas partes, después de un frustrado intento de detener el casamiento y ante la amenaza que suponía el posible fruto de esta unión; sobre todo por la capacidad que tenía semejante alianza para producir una variedad de hijos imprevisibles e incontrolables, optaron entonces, por negociar una postura de mutua conveniencia. Para ello decidieron crear de si mismos un mundo a donde mandar a los desposados. A semejante creación le fueron impuestas una serie de condiciones entre las cuales destacaban dos por ser indispensables para existir como tal: la primera fue que en ese mundo podrían participar sus dos creadores; y la segunda que dicho mundo nunca tuviese la capacidad de invadir por si mismo a ninguno de sus creadores.

Se puede decir que a Dña. Quimera y D. Propio les regalaron un mundo el día de su boda. Lo llamaron Andrómina y en él tuvieron tantos hijos que la razón no permite conocerlos, ni entenderlos a todos.

***

Juego de palabras:

‑Andrómina: Mentira.

‑De Lirio: Delirio/Locura

‑Figurado: Irreal

‑Hacedero: Realizable

‑Propio: Real

‑Quimera: Ilusión

‑Verismo: Arte de lo verdadero


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diciembre 08, 2008

Despertares Concéntricos


–Ring, ring, riiinng...

–Para el despertador de una vez...

–¡Boh! Qué tonto eres... Es la puerta...

–Ring, ring, riiinng...

–Va, va, ya vaaaa. ¿La puerta? ¿Quién será a estas horas? Vaaa... Maldita sea, es el dichoso teléfono...

–¿Es qué no piensas abrir nunca?

–No es la puerta mujer, es... Sííí..., dígame.

–¡Hola! Muy buenos días. Le llamamos de Radio Rueda... ¿Podría usted contestarnos a una pregunta para nuestro concurso...? ¿Sabría decirnos qué hora es?

En la calle dos automóviles chocaron. Por fortuna, sólo aboyaron un poco el frente y el mes de sus respectivos dueños. Uno de los chóferes salió maldiciendo, con cara de pocos amigos.

–¿Qué pasa...? –Contestó el otro conductor.

–Un imbécil, que tiró el teléfono a la calle y me rompió el parabrisas.

Un testigo involuntario, sin poder disimular la sonrisa, comentó con acento burlón.

–¿No se habrá confundido de apartato?

–Vaya, otra llamada que se cortó. Queridos oyentes de Radio Rueda, otro participante que no ha podido responder a nuestra pregunta en el concurso Despertares Concéntricos. Otro desafortunado que ha perdido la opción de entrar en el sorteo de un magnífico reloj despertador…

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