diciembre 07, 2008

Camerino de la Prima Donna


Allí estaba, en el camerino de la soprano ligera con mejor voz; la Prima Donna de los agudos y la interpretación del elenco activo, según gritaban los carteles del teatro. Venía a entregar un ramo de flores. Soy mensajero, en las horas no lectivas hago repartos; es como gano la paga del fin de semana.

Cuando el dependiente de la floristería me entregó el envío y dijo: has tenido suerte hijo, vas a conocer a una famosa; un capricho de mujer. Le sonreí indeciso, no sé si por el trato paternal, la buenaventura o el acento de advertencia que parecían insinuar sus últimas palabras. Había encendido mi fantasía. Yo sólo tuve que poner en marcha la burra, un vespino de la primera guerra mundial, que mi romanticismo resentido llama Harley. Del tráfico y del orballo apenas me di cuenta, dediqué el recorrido a la ensoñación ¿Cómo sería la diva? Bella, bella y caprichosa como había dicho el de la floristería. La imaginaba en su camerino, rodeada de flores y bombones, vestidos y joyas, pinturas y maquillajes, biombos traslúcidos que ensalzaban su silueta y espejos, muchos espejos enfrentados entre sí que la alejaban hasta el infinito; olía a perfumes caros, agua fresca y a mes de mayo; era el sol quien pasaba la noche con ella, los admiradores guardaban cola en el pasillo. El tubo de escape de la Harley sonaba a Elisir D´Amore, me sentía un Nemorino a través de los campos de trigo en búsqueda de Adina.

Pero la realidad quiso una habitación desangelada e impersonal, más parecida a la antesala del infierno que a los sueños de un inocente. No era un camerino, sino una ausencia. Una ausencia pintada de blanco impuro. Diez metros cuadrados, tal vez doce, con dos puertas interiores, enfrentadas a la principal; la ilusión de una ventana abierta al mar era el mayor esfuerzo artístico de la estancia; dos retratos en blanco y negro en la pared opuesta a la pintura hablaban de tiempos pasados. Debajo, el tresillo tapizado en tela, a juego con dos taburetes, y la mesa de cristal permitían intuir un resquicio alternativo al desamparo. En la mesa, una fotografía eternizaba el aburrimiento de un pequinés. Las flores de los incondicionales descansaban en la consola contigua a la puerta de entrada, incapaces de contrarrestar el envolvente olor a quimera. No había espejos ¿para qué? La soledad no los necesita. En el rincón más apartado, servicial, la papelera de alambre succionaba con fuerza el destino del habitáculo.

De una de las puertas salió un individuo, el agente de la cantante, y me preguntó si las flores eran frescas. Recién matadas le contesté. Agarró el ramo, le retiró la tarjeta y lo dejó en el cementerio con las demás. Mientras tiraba la nota a la papelera, sin leerla, se disculpó en nombre de la artista. Con la misma emoción me dio la propina, igual de generosa. Salí al pasillo y cerré la puerta, la puerta de un ataúd, allí dejaba enterrado otro sueño.

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5 comentarios:

Celia dijo...

No hombre... ¡Noooooooo!. No pierdas tus sueños. A menudo es lo único que puede hacernos felices.
Yo sacaría una lección positiva. Era la anti-diva, y eso es mucho en este mundo de Divos que existe, en calles, plazas y lugares inimaginables.
Chapeu por ella. Famosa y sin estridencias ni fashionadas. ¡Plas...plas...plas...! Un aplauso para ella.

XoseAntón dijo...

¡Cuánta razón tienes Celia!

Supongo que con los años, el joven repartidor coincidirá con sus repartos en las mismas conclusiones.

Bikiños

jfmarcelo dijo...

Hola:
Bella foto de la Torre de Hércules.
Espero que visites mis blogs, son fotos de mi pueblo, de España y de Italia y Francia:

http://blog.iespana.es/jfmmzorita

http://blog.iespana.es/jfmm1

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donde encontrarás los enlaces de todos los blogs.
UN SALUDO.

estela dijo...

como puede volar tan alto la imaginación para luego caer tan bajo. Nunca deberiamos despertar de los sueños.
Bonito relato.....
Un saludo.

XoseAntón dijo...

Gracias por la visita jfmarcelo y enhorabuena por tu trabajo, me ha parecido espectacular. Es un placer contemplar esa colección fotográfica.

Tienes razón stela, nada como los sueños y qué duro es a veces el despertar. Bikiños